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Vivir en un país con libertad de culto nos asegura la existencia de un infinito catálogo de religiones para elegir a gusto. Así, nuestra Constitución apaña el ejercicio de cualquier actividad ritual sin importar lo payasesca que pueda ser. Tal libertinaje da lugar a insólitos festines donde miles de personas buscan la solución a sus problemas en algún brasileño que los embadurne con ungüentos de improbable origen divino. O que les permita tocar cosas como el Manto de la Fe. A este tipo de prácticas se suman las peregrinaciones por santos de poca monta, las promesas a la Virgen y los ritos espiritistas berretas (como orinar tres veces sin usar las manos para invocar a La Llorona).
Argentina es, además, el país con la mayor cantidad de psicólogos per cápita del mundo. Esto garantiza una cuantiosa oferta de profesionales para quienes quieran resolver sus conflictos internos cayendo en una chantada que no sea la religiosa, porque hacer terapia es mucho más cool que prenderle una vela a San Expedito.
¿Pero qué sucede con los que se sienten demasiado ateos para seguir una religión pero no tan desequilibrados mentalmente como para hacer terapia? Hacen autoayuda. Género híbrido que, en muchos casos, conforma a todo el mundo por su increíble capacidad de reconciliar razón y religión, al darle a la espiritualidad una presunta base científica. Y en esa zona gris, a medio camino entre el budismo y la escuela cognitivo conductual, aparece algo llamado Ley de Atracción.
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Se supone que la gente que maneja los hilos del mundo conoce este secreto desde hace siglos, pero nunca quiso revelarlo para no avivar giles. La película sugiere que tanto la masonería como los templarios como los alquimistas como la CIA como SEPRIN se encargaron de esconder los principios de la Ley de Atracción hasta que una mina, llamada Rhonda Byrne, descubrió que con eso se podían vender muchos libros y decidió revelárselo al mundo. Lo que sigue es una sucesión de testimonios de gente con profesiones extrañas: hay metafísicos, físicos cuánticos y un negro rasta que no trabaja de quiosquero o arquitecto, sino de "visionario". También hay casos de éxito:
- Un escritor que se enfocó en ganar 100000 dólares en un año, y lo consiguió gracias al éxito repentino de un libro suyo que parecía condenado a morir en mesas de saldos (justo al ladito de las biografías de Kirchner que tienen más de tres meses).
- Un cineasta que fracasaba en el amor porque se la pasaba pintando mujeres hermosas con mirada arrogante. Hasta que empezó a pintarlas en actitud menos histérica y, cuando se quiso dar cuenta, la estaba poniendo más seguido que Charlie Sheen. No quiero saber lo que pasa si no sabés dibujar y las minas te salen horribles.
- Un oficinista que siempre consigue lugar para estacionar porque enfoca sus pensamientos en eso. Algunos tienen sueños modestos.
Entre los famosos que pusieron en práctica la Ley de Atracción se encontrarían Newton, Einstein, Martin Luther King y otras personas que por estar muertas no pueden cagar a trompadas a los que hicieron la película.
El documental esboza alguna breve explicación entre científica y religiosa sobre por qué funciona la Ley (dice algo de la energía), pero mucho no entendí. Por suerte, al día siguiente despejé todas mis dudas viendo otro engendro fílmico llamado ¿Y tú qué sabes?.
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Con igual desfachatez se aseguran la existencia de universos paralelos y la posibilidad de viajar en el tiempo, teletransportarse, caminar sobre las aguas y convertirse en Dios (sic) gracias al poder de la mente. Una sarta de despropósitos hilvanados por un eje ficcional (la historia de una fotógrafa sorda que, a pesar de eso, baila) que no excluye escenas semieróticas dignas de I-Sat en su época dorada.
Muchos escépticos autodeclarados reconocen, empero, que esta película derribó sus más arraigados prejuicios. No me sorprende: hay gente que se enorgullece de su ateísmo y dice que cuando jugás a la copa "pasan cosas en serio".
















