martes 16 de noviembre de 2010

"Un buen día", pero no para el cine argentino

Si no hacemos nada por evitarlo, el jueves se estrenará en los cines argentinos Un buen día, film perpetrado por la familia Del Boca y seguramente financiado por la sinarquía internacional o algún otro ente maléfico. Pese al título del film, su estreno sólo presagia un día nefasto, no sólo para el cine argentino sino, directamente, para la cultura universal. Como ya lo hicimos con otras películas, hoy nos serviremos del trailer, el afiche y nuestros propios prejuicios para elucubrar qué nos tiene preparado este verdadero ACV cinematográfico.

Es indispensable ver el trailer (que a esta altura debe tener más visualizaciones que la fellatio de Wanda Nara) para entender lo que sigue.

Una gran historia de amor

A Manuel (Aníbal Silveyra) lo partió al medio la crisis de 2001. Su PyME de venta de alfombras (El Emporio de la Alfombra, se llamaba) se vino abajo cuando el corralito se quedó con nuestros ahorros y los tapetes se convirtieron en bienes de lujo. Porteño que las vivió todas, acostumbrado a las mishiaduras y experto en el arte de rebuscársela, pasó dos años trabajando como imitador de Nino Bravo, hasta que descubrió la necesidad de estrolarse en la ruta para lograr una mimetización completa. Esta revelación lo hizo replantearse cosas y partir hacia Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, donde gracias a su sabiduría argenta lograría ingeniárselas para vivir como un rey.

A simple vista, lo que está arriba del título parecen laureles de un premio internacional. Pero si te acercás vas a ver que no. Rompiendo los límites de la truchada.
Afiche poster de la película Un buen día
Fiel a su espíritu buscavidas, Manuel llegó a California con 100 dólares en el bolsillo y un sueño por cumplir: ponerse una alfombrería más grande. Poco tiempo después, The Carpet Emporium ya es una de los tres negocios más pujantes en el rubro "Alfombras y tapetes" de Long Beach. "Mirá vos, che, quién diría que un tipo de barrio como yo iba a llegar tan lejos", piensa todos los días, mientras pone más lindo el negocio. Pero no todo es perfecto en su sueño americano: "se extraña la familia, los afectos, sufrir con Boquita", comenta a veces, para luego llorar como púber gordita en un recital de los Jonas Brothers. Un evento inesperado lo hará reforzar sus lazos con la Argentina. O por lo menos, con una argentina.

Una mañana, llega a su alfombrería una morocha infartante (Lucila Solá, la novia argentina de Al Pacino). Tiene cuerpo de Miss Universo y cara de boluda. Más que suficiente para accionar los mecanismos del deseo. Manuel ya no es el donjuán de sus épocas adolescentes, y, en el fondo, sabe que ya no está para estos trotes. Pero no ha perdido las mañas. "Ésta va a cobrar", se relame en silencio, mientras espera que la víctima caiga en su trampa.

Manuel — Buen día, señorita, ¿en qué la puedo ayudar?

Fabiana — Mire, estaba buscando una alfombra de estilo étnico, tipo africana...

Manuel — Ésssta que tengo acá no será africana, pero igual te alcanza y sobra— y le aproxima a la cara una alfombra enrollada de tres metros de ancho.

Esta barrabasada le hace saber a Fabiana que Manuel es argentino. Durante la siguiente hora y media veremos a Manuel apelando a su labia porteña y su voz doblada para arrimarle el bochín, y a ella haciéndose la difícil. El trailer no da indicios de la ocurrencia de coito, lo cual nos hace pensar que Fabiana no se deja convencer así nomás: a partir del segundo 40, Manuel 1) se humilla en público, 2) se la da de sensiblón, 3), le hace "la guitarrita", 4) le propone un viaje a Las Vegas y, cuando ve que ni así entrega, 5) le suplica un rapidito (ver 01:18). Y claro, campeón, como vas a competir con Al Pacino. Al final no es ninguna boluda la mina. Todo indica que Manuel y Fabiana jamás consumarán su amor, pero a ambos les quedará un hermoso recuerdo de aquel día en la playa. Manuel volverá a Argentina ("ahora que las cosas mejoraron un poco"), reabrirá el Emporio de la Alfombra y, años más tarde, la inesperada visita de Fabiana hará resurgir las llamas de la pasión. Beso y fin.

A pesar de sus muchos problemas (actuaciones, trama, diálogos, película), Un buen día está destinada a ocupar un lugar muy importante en la historia nacional: el del más aberrante desvío de fondos públicos para fines ilícitos.

Dijo la crítica:

"A pesar de su cuidada fotografía, hace agua por todos lados, como las olas de Long Beach".

(Pablo S., Clarín)

"Un film nefasto, apenas salvado por la sensual y candente presencia de Lucila Solá".

(Horacio B., Página/12)

"Una historia... amable, simpática, para pasar el rato".

(Catalina D., que "le gusta de todo")

jueves 11 de noviembre de 2010

Enfermedades modernas: "Aunque no me guste, voy a ver a Paul McCartney"

A la derecha: pareja decepcionada. Ella: "No conozco ningún tema". Él: "La pucha, yo pensé que con esto se la ponía de corbata".
Paul McCartney en Argentina, River 2010

"No llego, che. Me parece que no llego". Mariano (23) repasa la letra de "Hey Jude" a horas de partir hacia el estadio de River para ver a Paul McCartney. Es que la noticia del regreso del legendario Macca lo agarró desprevenido: para alguien cuya mayor relación con los Beatles es haberse cruzado una vez al que hace de Ringo en los Danger Four, un mes de anticipación no es suficiente para convertirse en el mejor de los fanáticos.

Lo que Mariano sufre es un mal común en estos tiempos de megarrecitales y grandes regresos. La necesidad imperiosa de "estar ahí" y "poder contarla" hace que miles de argentinos terminen asistiendo a conciertos de artistas a los que siempre miraron con indiferencia e incluso cierto desdén. La enfermedad (aún sin nombre pero pronta a ser incorporada al listado de la OMS, junto con la gerontofilia) se manifiesta en la forma de un círculo vicioso con cuatro etapas bien diferenciadas:

  1. Preparación. Los medios anticipan el evento. Repentinamente, el enfermo pasa de su habitual indiferencia hacia el personaje a una ansiedad incontrolable por su llegada. Sin perder un segundo, descarga la discografía completa del artista en Taringa!, prometiéndose escucharla todos los días hasta la fecha del concierto.
  2. Alienación. El enfermo espera el comienzo de la venta de entradas como quien se prepara para la guerra. Ese día se levanta a las siete de la mañana y actualiza Ticketek con ritmo frenético hasta que se habilite la opción de compra. Apenas sucede este mágico evento, selecciona la platea más cara y atraviesa todos los pasos del proceso con velocidad Michetti (un segundo puede ser fatal). En la operación es capaz de invertir una cifra semejante al costo de una noche con Jesica Cirio (Maniobra Pompilio incluída). En esta etapa empieza a tomar conciencia de la aproximación del evento y cancela cualquier compromiso que caiga en las dos semanas previas al recital.
  3. Transformación. La semana previa al concierto encuentra al enfermo en un estado mental calamitoso. La escucha atenta de la discografía lo hace notar que no conoce ni el 10% de la obra del artista en el que se gastó sus últimos tres sueldos. Lejos de devolver la entrada, decide encerrarse a estudiar letras y biografía con determinación sarmientina. Todo vale con tal de no pasar un papelón.
  4. Recuperación. Luego del recital, el enfermo empieza, lentamente, a abandonar su fanatismo impostado. Por dentro sabe que no la pasó bien: en la mitad de los temas, apenas llegó a tararear parte del estribillo. Así y todo, durante la semana siguiente exhibirá orgulloso la remera que compró a la salida del estadio, refregándole a quienes no fueron su participación en ese evento histórico. Con el tiempo, todo volverá a la normalidad, hasta que un nuevo megaconcierto lo haga regresar a las profundidades de la locura.

Durante el show, el impostor desarrolla todo tipo de artimañas para no quedar mal ante los verdaderos fanáticos. Los más audaces sabrán hacer de cuenta que conocen la letra a través de indescifrables mímicas labiales, cuidándose de gritar en las pocas partes que sí sepan bien ("Eleanor Rigby", "lonely people", "father MacKenzie"). Los menos experimentados recogerán un par de datos curiosos en la Wikipedia y los repetirán en voz alta a lo largo de toda la noche ("Paul McCartney murió en un accidente de tránsito; éste es William Campbell. Lo que pasa es que al original costaba mucho traerlo"). Quienes superen la barrera de los 35 harán todo lo posible por imponer respeto a través de incomprobables anécdotas bohemias ("A Paul lo conocí en el año '81. Vino de incógnito porque, imaginate, plena dictadura"). Las que acompañan al novio se confundirán al bajista con el guitarrista y no volverán hablar en toda la noche. Los que no tuvieron tiempo de estudiar sufrirán el recital hasta que el artista toque un tema que ellos conozcan. Entonces se meterán en el pogo, exclamarán "nooo, qué hijo de puta, temazo" y luego volverán a la parte más tranquila del Campo Trasero.

Mariano ya está listo para salir. "Recién vi la lista que hizo ayer y el tipo no toca ni 'Help'. Me quiero matar. Vos no le digas a nadie, igual". Tranquilo, Mariano. Es normal.