A mí siempre me atrapó la historia de los rugbiers uruguayos que, luego de hacerse goma el avión en que viajaban, se las ingeniaron para sobrevivir durante 72 días en la Cordillera de los Andes. Por eso, es lógico que la aventura de los mineros de Copiapó me resultara apasionante, al punto de hacerme pasar 24 horas ininterrumpidas frente a la tele viendo como subía y bajaba un tubo de lata. Yo no vi en directo la llegada del Hombre a la Luna, pero imagino que el reality de la cápsula habrá sido algo similar; eso sí, con El Minero Polígamo en lugar de Neil Armstrong.
Pero ambas historias, unidas por una geografía (Chile) y una enseñanza (el espíritu de grupo), encierran profundas diferencias. Y es por eso que no sé bien con cuál de las dos quedarme. O mejor dicho: quién se la banca más, si los mineros o los rugbiers.
La primera diferencia es la más evidente: la clase social. Los mineros chilenos son, en su mayoría, morochones sudorosos de las zonas más humildes de Pelotillehue; los rugbiers, en cambio, son todo' cheto'. En este aspecto, uno tendería a quedarse con los mineros, porque son un símbolo de la explotación laboral y blablabla; sin embargo, es más meritorio lo de los rugbiers, que tuvieron que abandonar la comodidad de su vida burguesa para hacer frente a una naturaleza que desconocían. Los mineros, en cambio, estaban acostumbrados a las profundidades y solían permanecer hasta una semana bajo tierra; y quien pasa siete días, pasa setenta. Así cualquiera. Hasta televisión tenían.
En ese sentido, el Milagro de los Andes tiene una épica similar a la de las novelas de Julio Verne: señoritos ingleses que caen por accidente en un medio hostil, sin poder comunicarse con nadie, y consiguen la libertad valiéndose de sus propias habilidades y conocimientos. Distinto caso es el de los mineros: los encontraron a los 17 días y terminaron asistiéndolos a fuerza de tecnología avanzada y cuidados profesionales. Si los mineros fueran personajes de Julio Verne, habrían sabido arreglárselas para fabricar explosivos que les permitieran perforar la roca y salir a la superficie. Pero no, hubo que llamar a la NASA, si no no se podía.
Eso sí, creo que la aventura de Copiapó gana en carácter cinematográfico. Cada uno de los 33 mineros ocupa un rol particular, y muchos de ellos esconden un pasado turbulento; es como Lost, pero con mugre, olor a bolas y sabor latino. Tenés al héroe (Urzúa), un tótem de sabiduría y sensatez; al adolescente jodón (Sepúlveda), que se toma la situación a la chacota y molesta a todos con sus humoradas; al galán (Yonni Barrios), que deja en la superficie a tres mujeres en llamas; al inmigrante de país limítrofe (Mamani), que es discriminado pero termina ganándose el corazón de todos; al líder espiritual (Henríquez), que con su prédica evangelista anuncia la salvación; y a un presidente heroico y de sonrisa impecable (Piñera), que con determinación y coraje consigue que la película tenga un final feliz. Hasta puedo imaginarme el casting: Morgan Freeman como Piñera, Diego Luna como Sepúlveda, Gael García Bernal como Urzúa, Antonio Banderas como Yonni Barrios, y Benicio Del Toro como los demás. El caso de los rugbiers también era cinematográfico, pero vamos: hubo muertos y gente comida. Viven era una versión edulcorada de una historia que tenía su lugar en el cine gore. En ese caso le habrían puesto Rugby y necrofagia o, mejor aún, Comer a la madre.
Entonces: ¿rugbiers o mineros? El debate está abierto.













