domingo 29 de agosto de 2010

Separados al nacer (II)

A Serious Man

Afiche de la película Un hombre serio.

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sábado 7 de agosto de 2010

La chica del Nacional Buenos Aires

Quiero confesar algo: me gusta mucho la presidenta del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires. "¿Que te gusta quién?". Es la niña que discute con el nabo de Eduardo Feinmann en el video de acá arriba (y parece que ya tenía experiencia en el tema). Se llama Mariana Katz. La conocí en ese informe y me pasaron cosas. Y puedo asegurar que no soy el único: alrededor la Red, la chica genera reacciones que van de la simple calentura al enamoramiento más feroz.

Aclaremos: yo no sé si esto que siento es amor. Un poco, porque el amor a primera vista es rayano con la grasada; y otro poco, porque la piba es bastante repulsiva. Pero ¿no será eso, paradójicamente, lo que me atrae de ella? ¿Será su acento palermitano, sus ínfulas de intelectual, su soberbia de pendeja cheta, lo que me hace escribir estas líneas? Seguramente. Eso, y la belleza natural que en vano intenta esconder tras un pulóver indígena de probable manufactura china.

Creo que ya descubrí lo que me inspira esta piba: ternura. Porque a mí siempre me dieron ternura los estudiantes que militan en partidos de izquierda. A ver: no digo esto con ánimo sobrador ni superadito. Entiendo la misión social que debe tener la educación pública y jamás me opondría a la militancia entre el estudiantado. Después de todo, el Mayo Francés es uno de los hechos históricos que más me habría gustado vivir; especialmente, desde que vi Los soñadores, donde Eva Green se la pasaba garchando.

Perdón, me fui de tema. Los estudiantes de izquierda me dan ternura porque no hacen política: juegan a ser políticos, como los nenes que juegan al doctor y la paciente (una fantasía que inspiró las más lúcidas rutinas de Rompeportones). Otra vez perdí el eje. Decía que juegan a ser políticos porque no les interesa llegar al poder: eso implica transar con el sistema y comprometerse con algo. Lo único que les divierte es juntarse a ver La hora de los hornos en "funciones clandestinas", como si estuvieran en los '70; usar lana de alpaca a pesar de haberse criado en Buenos Aires; hacer de cuenta que representan a "la clase obrera" cuando en muchos casos provienen de familias bien.

No me generan odio, porque yo voto a Pino Solanas (que es lo que ellos votarían si tuvieran edad legal para votar) y sé que, no tan en el fondo, son inofensivos. La mayoría son pibes capaces de vociferar discursos incendiarios que harían sonrojar al mismísimo Lenin (y que aprendieron cuando les pasaron La noche de los lápices en la primaria), pero que abandonan cualquier medida de fuerza al acercarse la fecha del viaje de egresados: un evento que ansían con más expectativas de fifar a lo loco que de instaurar el socialismo en Bariloche. Son púberes que se salvaron de hacerse floggers porque crecieron con la biblioteca un poco más llena que lo habitual. Distinto trato me merecen los zánganos que insisten con la ingenuidad adolescente después de pasar los 25 años, y todavía luchando por aprobar el CBC.

Pero la ternura que me inspira Mariana Katz es algo más serio. Me dan ganas de abrazarla y pedirle que se tranquilice: no es sano hilvanar con velocidad Pinti tantas consignas de manual (sólo le faltó decir "camarillas"). También la invitaría a ver cine de propaganda comunista, con charla debate y todo. Y después, vemos.

Mariana: si llegás a leer esto, quiero que sepas que te estoy esperando. Peinado, afeitado y dispuesto a que me saques la pelusa del ombligo. Y a que me pegues si te digo "niñita".