Hace un año, Lito Vitale era contratado para abrir las "Puertas del Bicentenario" con un concierto donde se interpretaran las más famosas canciones patrias en versiones rock. Fue la concreción de una empresa que parecía imposible: ofender a los próceres nacionales, al buen gusto musical y a todo el pueblo argentino en un mismo evento. Quienes aún recordamos las imágenes de Mike Amigorena como San Martín o Pablo Lescano homenajeando a Sarmiento, no vemos la hora de cruzarnos con el célebre pianista para darle una merecida patada en la nuca.
Pero se ve que el bochorno no fue suficiente, porque este año los organizadores decidieron subir varios peldaños más en la escalera de la infamia. El partido de despedida de la Selección Argentina fue incluido entre los festejos por el Bicentenario y reproducido por las pantallas de una 9 de Julio pocas veces tan repleta. Ni siquiera el sorprendente resultado deportivo (cinco pepas a nuestro favor) sirvió para tapar la ignominiosa calidad de una ceremonia de apertura que, seguramente, ocupará un lugar privilegiado en cualquier antología de macanas nacionales.
Porque ¿a qué ser humano adulto puede parecerle una buena idea que Andrés Ciro Martínez no sólo se suba a un escenario, sino que además, cante el Himno Nacional y (seguramente) reciba una suculenta remuneración económica por el macabro encargo? Para colmo, Katherine Jenkins tuvo a cargo el himno de Canadá. Y su actuación fue una demostración de belleza, elegancia y talento vocal que no hizo más que acentuar el aspecto deplorable y la voz de barrabrava resacoso del Gran Mentón del Rock Nacional (perdón Banana).
Por suerte, Daddy Yankee tenía la agenda muy ocupada y no pudo terminar de cagar el evento con su música de autos caros y culos sudorosos. Ojalá todo cambie para el 2016, el Bicentenario Posta, que promete una serie de feriados altamente saludables.














