sábado 13 de marzo de 2010

Sobre los vestuarios de club

Sí, la imagen no tiene nada que ver con el post. Pero era esto o poner un contingente de ancianos desnudos. Ustedes deciden.
Glaciar Perito Moreno

Uno de los tópicos más repetidos sobre las diferencias entre los sexos es la pregunta "¿qué hacen las mujeres cuando van al baño?". Nuestro inconsciente rechaza la teoría de que las mujeres hacen caca, y atribuye la tardanza en el toilette a extensas sesiones de maquillaje y chusmerío. El baño de damas se presenta, entonces, como un lugar pensado para el aseo personal, pero adoptado como un espacio de interacción social de acceso restringido. Pero son sólo suposiciones.

El baño masculino, en cambio, no ofrece grandes misterios. Quizás el único aspecto a resaltar sea el desempeño de ciertos deportes de origen urinario, como el "acomodamiento de bolitas de naftalina" o su versión de inodoro, la "limpieza de frenadas ajenas". Asuntos verídicos, trillados y por todos conocidos. Ningún misterio.

Pero en esta galería de cuestiones sanitarias hay un tema que nunca fue tratado como se debe: el folclore de los vestuarios masculinos. No se conocen estudios sociológicos ni informes de OhLalá! que se encarguen de estos fascinantes aguantaderos de testosterona. Supongo que este silencio es legitimado por la incorrecta visión del vestuario como un baño grande, que hereda del sanitario común los mismos códigos, usos y costumbres. Nada más lejos de la realidad.

El vestuario de hombres es un espacio social donde las reglas del mundo exterior se desdibujan casi por completo. La primera regla que se pierde es la del pudor. Pasearse en chota por la Nueve de Julio no es algo socialmente aceptado; sin embargo, dentro del vestuario la desnudez es decencia. Alguna dirá que esto es natural, pues "entre hombres no pasa nada". Es porque no pueden atestiguar el nivel de desfachatez exhibicionista que inunda un vestuario un sábado a la tarde. Gerontes de piel fláccida toman mate con su esmirriada garompa al viento. Gordos de vello pectoral canoso avivan la polémica futbolera mientras se irritan el miembro con una esponja agujereada. Morochos de axilas sudorosas se limpian culo y bolas mientras gritan sus verdades sobre la actualidad política. Tener la poronga en exhibición no es una casualidad sino el estado natural en el que debe hacerse cualquier cosa.

Si a alguien se le ocurre que esta democracia textil puede tener anclaje en una constante necesidad de demostrar hombría, entonces lo que sigue no hará más que cimentar su tesis. En los vestuarios es moneda corriente el vilipendio gratuito a la masculinidad ajena. Cuando la palabra "puto" fue pronunciada demasiadas veces, se recurre a la invención de vocablos y metáforas que sugieran cierta ambigüedad sexual en el objeto de mofa. El contrincante doblará la apuesta con alguna audaz figura literaria que denuncie la flagrante homosexualidad del otro. Y así se enfrentarán en un apasionante intercambio de insultos que terminará cuando alguien sienta frío en sus desnudeces. Taparse las partes indica que la charla ha llegado a su fin. Porque en un vestuario, todo se hará en bolas, o no se hará.

Pero la charla de vestuario es mucho más que una catarata de agresiones lúdicas de corte homofóbico. Un vestuario es también escenario de amigables debates sobre una variedad de temas que abarca el fútbol, la política, las mujeres y, otra vez, lo putos que son los otros. En esa atmósfera viciada de olor a bolas y emanaciones fétidas hay lugar para la amistad bien entendida. Porque en un vestuario, el maltrato y el insulto gratuito son señales genuinas de un afecto tácito hacia el otro; en cambio, la demostración emotiva da cuenta de una sensibilidad rayana en la putez. Para que las chicas se den una idea: es como Polémica en el bar pero con muchas más puteadas (aunque no tantas como en una película de Campanella).

Esta adopción de la puteada como forma de comunicación afectiva se potencia en el trato hacia los personajes ilustres del vestuario. Semidioses barriales cuya estatura mítica se sostiene en una fuerte base de anécdotas incomprobables. Galanes prostibularios que generan conmoción con su sola llegada.

Sábado a las siete. Vestuario lleno de gente. Un radiograbador antiguo irradia propagandas de Marolio. De golpe, una figura atraviesa la puerta. Alguien baja el volumen de la radio. Tito se hace presente.

Don Quique — ¡Titito! ¿Qué hacés, la concha de tu madre?

Chichilo — ¡Bueno, bueno, bueno! ¡Todos con el culo a la pared, que llegó Tito y está caliente por el baile que le pegamos ayer!.

Julito — ¡Tres pepas te metimos ayer, hijo de puta! ¡Tres pepas! ¡Te la comiste y te querés matar!

Elijo interpretar al vestuario de hombres como el equivalente masculino de los baños de damas: un lugar pensado para un fin (el aseo previo o posterior a la actividad deportiva intensa) que adquiere una finalidad mayormente social.

Quedarán para otro día las reflexiones sobre el vestuario femenino, que hasta ahora veníamos olvidando como parte inseparable de esta galería sanitaria. Porque existe en el imaginario masculino la idea del vestuario de mujeres como un lugar propicio para las orgías entre porristas rubias; pero algo me dice que no es tan así.