domingo 28 de febrero de 2010

¡Brasil, las Pelotas! (igual, en el fútbol nos ganan)

Y resulta que son potencia porque hacen el Mundial y los Juegos Olímpicos. Ajá.
Eo T'chan
I

Esto no es un post contra Brasil. No es que sienta una especial simpatía por el país de Anamá Ferreira, pero admiro a Oscar Niemeyer y me banco unos cuantos temas de Os Paralamas. Y no tendría grandes reparos en enfiestarme con Giselle Bündchen y Adriana Lima. Es otra cosa lo que motiva este post.

Es que, desde hace algún tiempo, Brasil aparece como principal protagonista de un fenómeno típicamente argentino que a mí, francamente, me tiene las bolas en llamas: la comparación con el extranjero. La clase media que alguna vez vacacionó en Europa y luego se resignó a Miami, hoy no dispone del nivel de vida necesario para alejarse de su avergonzante país natal y maravillarse con lo bien que se vive en el Primer Mundo. Entonces se conforma con Brasil, un país cuyos índices sociales se mantienen lejos de lo que consideraríamos "una potencia", pero que, al parecer, les alcanza como para afirmar que Argentina es peor. Que es la idea.

Además hablan otro idioma, aunque estén tan cerquita. Suficiente como para decir, con el pecho lleno de orgullo: "yo viajé al exterior y es mejor".

II

Esta clase de turista se enamora perdidamente de un país al que sólo conoció en una caja de bombones o, en el mejor de los casos, durante quince días en un hotel cerca del mar. Experiencia que parece brindarle una autoridad superior para hablar sobre Brasil y sus habitantes (a quienes incorrectamente llama "brasileros") aunque no haya conocido ni el 1% de su territorio y no haya hablado con más cariocas que un empleado del aeropuerto. Así y todo aseguran que "allá son más alegres" y la inseguridad es menor porque no les robaron.

La alegría parece ser una de las virtudes más valoradas por estos trotamundos de quincena. Ellos, que cargan con la habitual cara de ojete de quien escucha Radio 10 y la última vez que bailaron fue en el carnaval carioca de una fiesta de quince, regresan iluminados a contarnos que la mejor manera de vivir es sambando aceitados al ritmo de un forro que canta "parrapapapapapapapapapá" y olvidándonos de los problemas.

Estos militantes de la buena onda están convencidos de que la pobreza brasileña es "más digna" que la argentina porque ellos saben sobrellevarla con baile y desenfreno. Sin embargo, cuando están en su patria desprecian la cumbia villera y se oponen a cualquier forma de felicidad en la indigencia. Es que la miseria de allá es, sin duda, más cool que la nuestra. Mientras ellos hacen películas modernosas como Ciudad de Dios, acá nos conformamos con las crónicas televisivas de Facundo Pastor. Mientras las favelas brasileñas han tenido huéspedes de honor como Michael Jackson y Madonna, las villas argentinas sólo pueden esperar la visita de Calamaro para filmar un videoclip o de Andy Kusnetzoff para "meter un grupo de chetos de Barrio Norte en una cancha de barro para jugar un partido y ver qué pasa".

III

La envidia por la alegría brasileña llevó a la invención de una supuesta tradición argentina en el festejo del carnaval. Desde el centro hasta el noreste del país se multiplican las réplicas deslucidas de comparsas brasileñas y murgas uruguayas. Como queriendo imprimirle pasión africana a una población sin negros propios, agrupaciones de vagos con escasa movilidad y dudoso talento compositivo copan calles y corsódromos para ofrecernos "simulacros de alegría" que sólo sirven como excusa para ver algún culo y meterse en alguna gresca de beodos. Igual, antes el carnaval era otra cosa, dice la gente cuando se pone grande.

La adicción a esta felicidad impostada dio origen al género musical conocido como "brasilero", denominación que abarca un puñado de delincuentes del arte cuya mayor consigna es "siguruchanchanchanchanchán", y que supuestamente debería llamarse "axé" si no fuera tan raro de pronunciar.

En el extremo opuesto a esta música de morochos transpirados y jugos frutales se encuentra la bossa nova, ritmo cansino que al parecer pega mucho en estos cariocas de ocasión, a pesar de que su espantoso portugués les impida apreciar la poesía (único componente interesante de un género soporífero). No termina de entenderse muy bien qué sentimiento puede generarle a un porteño, que no ve la playa más que quince días al año, un ritmo asociado a la siesta junto al mar. Pero igual van y compran esos horribles compilados de "Bossa n' Death Metal" que no están hechos en Brasil, ni son cantados en portugués, ni se parecen a la bossa nova, pero los hacen sentir un poco más brasileños durante un rato. Como usar Havaianas en vez de ojotas Garchetta.

IV

Los garotos de temporada tampoco tienen reparos en manifestar una curiosa admiración por Lula Da Silva. A él le atribuyen un proceso de industrialización latente en las etiquetas de electrodomésticos, en su gran mayoría escritas en portugués. Esto sucedía desde mucho antes de Lula, pero les sirve para decir que el presidente de Brasil les transmite "más confianza" que "la yegua montonera que nos gobierna". Mucho de esto también se basa en la visión de Lula como un tipo humilde y popular, algo que en Argentina no dudarían en tildar de "negro de mierda".

V

Pelé debutó con un pibe.