![]() |
Se sabe que hay ciertas costumbres que son impracticables fuera de la intimidad, a la vista de todo el mundo. Emitir un gas sonoro o rascarse zonas privadas para luego olerse el dedo son algunas de ellas. También existen hábitos poco convenientes en ciertos ámbitos particulares: decir "pinchila" o "caquero" en una fiesta de gala es prohibido por cualquier regla de etiqueta. Otras prácticas, directamente, quedan restringidas a las fronteras de la mente.
Pero también hay conductas que parecen situarse justo en el medio, en la estrecha línea que separa lo público de lo privado, lo que se puede hacer dentro y lo que se puede hacer fuera. No sé si existe una reglamentación que prohiba orinar en la calle; sin embargo, es socialmente aceptado, y hasta casi simpático, ver a un infante cometiendo la chanchada de descargar su vejiga en un árbol, en una pared o en el capot de un Mercedes Benz. Pasada la niñez, la micción espontánea y callejera se convierte en un cándido desafío a la autoridad; no obstante, no se sabe de nadie que haya sido detenido, siquiera demorado, por mear en un cordón de vereda tras una abundante ingesta de alcohol. Orinar en la calle constituye un paso insoslayable en el proceso formativo de un hombre, y para un varón bien machito, no representa un hecho vergonzante: la mayoría de nosotros se abstendría de guardar la chota si viera aproximarse un nutrido contingente de damiselas en edad de ver esas cosas. Es más: algún brutazo aprovecharía la oportunidad para sacudirse el amigo y gritar guarangadas como "dale, qué te hacé la ofendida si te guuusta" y no provocaría más que un leve desagrado.
Hay una costumbre que entra en esta categoría y merece una atención mayor: amamantar un bebé es una actividad privada que, ante una situación urgente, se vuelve pública. Pero, curiosamente, no goza de la legalidad tácita de echarse un Tang de manzana a la vista de todos. Ya sea en un colectivo atestado de gente, en una sala de espera o hasta en una convención de fetichistas, una mujer no puede sacar una teta (o más de una) para alimentar a su prole sin generar a su alrededor una situación de incomodidad. En esta circunstancia parece cumplirse un acuerdo implícito y colectivo según el cual "no hay que mirar", porque, supuestamente, "es de pajero". Por ello, los hombres tienden a hacer lo imposible por desviar la mirada, o bien, echar un discreto carpeteo a la zona pectoral de la madre, para luego cerciorarse de que nadie se haya dado cuenta. Semejante ridiculez parte de la supuesta "sensación fea" que experimentan las mujeres cuando son observadas con total lascivia por el solo hecho de mostrar más piel que la acostumbrada. Pero viola ese principio elemental que establece que la privacidad termina puertas afuera. Entonces, es menester preguntarse: ¿está bien mirar a una mujer cuando amamanta? ¿Implica eso ser un reverendo pajero, o es apenas un acto de admiración ante el milagro de la vida? ¿Es amamantar en público la única forma legal de exhibicionismo? El debate es álgido, y recién comienza.














