jueves 26 de marzo de 2009

"Dragonball Evolution": un kame-hame-ha al buen gusto

Afiche de la revista "Vení a hurgarme las bolas del dragón", con Son Goku, un grupo de vedetongas y gran elenco.
Afiche de Dragonball Evolution

Una vez más, nos atrevemos a criticar películas que no vimos, tomando como referencia inobjetable la sinopsis y los afiches de la obra en cuestión. Hoy le toca el turno a Dragonball Evolution, versión americanizada de la serie japonesa.

Un clásico revisitado

El estreno de Dragonball Evolution, de James Wang, se presenta como una oportunidad propicia para que todos aquellos nabos que conocimos la serie por el viejo canal Magic Kids saquemos chapa de noventosos y añoremos aquellas tardes frente a la tele con el sentir de quien recuerda el primer gobierno de Perón. Esto es, diciendo a cada rato "qué épocas, ya no se ven cosas así" y relatando con meticulosidad nerd cualquier escena que se nos venga a la mente.

Sin embargo, la adaptación cinematográfica del famoso animé resulta tan vomitiva que desanima cualquier ejercicio de nostalgia. Porque cualquiera que se exponga a este aborto fílmico sin haber visto la serie original, pensará que la épica animada de Son Goku era apenas una versión edulcorada de Sailor Moon con un agregado de artes marciales digno de la peor época de Brigada Cola. Entonces, evocar con cariño la saga de Majin Boo lo deja a uno en el lugar de un perejil, por no decir de un pelotudo que se niega a crecer.

Son Goku es un estudiante secundario que, gracias a sus superpoderes, lidera el equipo de béisbol de su preparatoria y atrae la atención de todas las chicas (en especial de Peggy, que sólo piensa en ir con él al baile de graduación). Pero sus ojos están puestos en Chi Chi, una oriental que dista mucho de la clase de bagayos que podemos encontrar en el chino de acá a la vuelta. Tanto ansía Goku arrimarle el paquete a la chinita, que una noche, en vez de quedarse en casa para ser agasajado por su abuelo Son Gohan, decide ir a probar suerte con la Yoko Ono a una fiesta que promete terminar en descontrol. Pésima decisión: no sólo la asiática se rehúsa a entregar, sino que, además, mientras Goku está lejos de casa, Piccolo le boletea el abuelo. Ahora sólo quiere conseguir las siete bolas del dragón para invocar a Shenlong y dominar el mundo. Porque es tan malo que, a su lado, Bin Laden sería el teletubby rojo

Hay personajes que no vamos a extrañar
Puar y Oolong
El resto de la cinta cuenta los intentos de Son Goku por conciliar su tarea de salvar a la humanidad, su vida de estudiante, su puesto de bateador en el equipo de béisbol y sus ganas de ponerla; la agitada vida de Bulma como cheerleader; y la frustración de Yamcha de saber que siempre será un blandito, un careta y uno de los personajes más impopulares de la serie. No faltan, por supuesto, las viñetas humorísticas a cargo del Maestro Roshi (aquí sin su barba característica), que, en su papel de "viejo pajero", trata de seducir a Bulma con frases chabacanas dignas de un Emilio Disi en horario de protección al menor. Pero, si hay una modificación con respecto a la serie que no se puede dejar pasar, es la ausencia de Krillin en la lista de personajes, algo que debemos entender como una falencia del casting: quizás era muy difícil encontrar un adolescente calvo y sin nariz. Dificultades parecidas explican por qué la cabellera de Goku pasó de ser una envidiable melena deforme a un infame peinado flogger.

Por supuesto (suponemos), la película termina con una pelea grupal contra Piccolo, donde el último que queda en pie es Son Goku. Entre rayos y frases altisonantes, Goku resulta vencedor, se produce una explosión y Piccolo desaparece clamándole piedad a Shenlong. Al día siguiente, el sol vuelve a brillar y nuestro héroe vuelve a sus preocupaciones habituales. Goku asiste al baile de graduación acompañado por Chi Chi, y Peggy se conforma con el pecho frío de Yamcha. Un chiste de trazo grueso a cargo del Maestro Roshi parece darle a la película un cierre a pura carcajada, pero, afuera, una lluvia de porongas extraterrestres presagia un futuro de desgracias.

A pesar de lo expuesto, no dudamos que Dragonball Evolution encontrará su público entre aquellos nerds que, en un acto de total masoquismo, se obliguen a verla "porque es Dragon Ball", y también entre aquellos treceañeros que, a falta de un plan mejor, acapararán las salas con sus comentarios idiotas y su hedor a pubertad. Es de esperar que esta cinta ayude a una revalorización de aquella magistral película china sobre Dragon Ball que las tardes de domingo en I-Sat ayudaron a convertir en un clásico de culto, a pesar del desprecio de la crítica elitista. Que así sea.

Dijo la crítica:

"Fallida relectura del famoso animé".

(Clarín)

"No podemos calificarla, porque no es cine".

(El Amante)

"Pero a los más chiquitos les va a gustar".

(Catalina D., que "le gusta de todo")

jueves 19 de marzo de 2009

Todos por la Inseguridad: una marcha sin pancho ni coca

Y claro, cualquiera se opone a ajusticiar cumbieros de flequillo platinado hasta que le pasan estas cosas.
Denuncia en el Mapa de la Inseguridad

Miedo. Pánico. Inseguridad.

Podría ser el anuncio de una película de ciencia ficción de los 50, pero es la realidad que todos los argentinos vivimos día a día. Y cuando digo todos, es TODOS: porque, si hasta hace poco tiempo los ciudadanos anónimos éramos los únicos afectados por este flagelo, ahora que hasta famosos de renombre como Carolina Baldini sufren el acoso de cacos y malvivientes, puede decirse que nadie esá a salvo de ser asesinado, violado y cocinado (en ese orden) a plena luz del día.

Durante las últimas semanas, el tema cobró mayor notoriedad a raíz de las explosivas declaraciones al respecto de importantes celebridades (Susana Giménez, Sandro, Luis Alberto Spinetta) y de otras que ya han perdido el brillo de sus años de gloria, pero aprovecharon el momento para volver a la escena pública (Brian Caruso, o "Gamuza" en Cebollitas, propuso la pena de latigazos y crucifixión; y Aki, el gametester de Top Kids, se mostró a favor de "cubrir las villas de napalm"). Estos comentarios despertaron la adormilada conciencia ciudadana de miles de usuarios de Facebook que, ni lerdos ni perezosos, promovieron una "marcha por la inseguridad" en Plaza de Mayo. A las ocho de la tarde de ayer, se calculaban en varios ceros la cantidad de pancartas con inscripciones como "estoy harto de que me maten", "Cristina montonera resentida" y "Hitler se quedó corto".

"¡Te matan por nada, te matan!", comentaba Silvia (47) de Caballito. "Te matan en el kiosco, te matan en el banco, te matan en tu casa, ¡y nadie hace nada!. Y una con nenas, que salen a bailar y no sabés si te vuelven violadas o endrogadas con la marihuana ésa que se aspira". Un sentimiento parecido expresó Horacio (53), de Flores, que llegó a la marcha ataviado con un casco militar, un chaleco antibalas, un protector anal y un látigo adherido a un bola de púas. "Es que así no se puede más; salís a comprar el Olé y no sabés si a media cuadra te puede apurar un pendejito de tres años con un misil antiaéreo. Yo no digo de que tengan que volver los militares, pero antes uno salía a la calle y no tenía miedo de que te secuestren, te decapiten o te contagien algo". Justo en ese momento sentí que alguien me decía al oído:"eh, amigo, con todo el respeto que me merecés, ¿no tení una moneda?". Asustado, me oriné encima y salí corriendo hacia el stand del grupo "El que mata tiene que morir". A lo lejos, vi a mi atacante preguntar: "¿pero cómo, esto no era una marcha por la inseguridad?", a lo que alguien respondió: "Tiene razón, ¡debería ser contra la inseguridad!". Esta confusión provocó un tumulto generalizado en el cual se registraron 25 heridos de arma blanca y 37 víctimas de rozamientos en zonas nobles. Inmediatamente, varios manifestantes sacaron sus laptops y procedieron a registrar el hecho en el Mapa de la Inseguridad de Francisco de Narváez, bajo la carátula "Gresca/Batahola/Orgía involuntaria".

Hacia el final del acto, la concurrencia habíase reducido notablemente, pero las velas blancas de la esperanza aún seguían encendidas. Una memorable actuación del Ballet Blumberg cerró la velada con su versión de la ópera Negros de pensamiento. Y, así, todos dijimos, en voz bien alta: "Basta de inseguridad".