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Una vez más, nos atrevemos a criticar películas que no vimos, tomando como referencia inobjetable la sinopsis y los afiches de la obra en cuestión. Hoy le toca el turno a Dragonball Evolution, versión americanizada de la serie japonesa.
Un clásico revisitado
El estreno de Dragonball Evolution, de James Wang, se presenta como una oportunidad propicia para que todos aquellos nabos que conocimos la serie por el viejo canal Magic Kids saquemos chapa de noventosos y añoremos aquellas tardes frente a la tele con el sentir de quien recuerda el primer gobierno de Perón. Esto es, diciendo a cada rato "qué épocas, ya no se ven cosas así" y relatando con meticulosidad nerd cualquier escena que se nos venga a la mente.
Sin embargo, la adaptación cinematográfica del famoso animé resulta tan vomitiva que desanima cualquier ejercicio de nostalgia. Porque cualquiera que se exponga a este aborto fílmico sin haber visto la serie original, pensará que la épica animada de Son Goku era apenas una versión edulcorada de Sailor Moon con un agregado de artes marciales digno de la peor época de Brigada Cola. Entonces, evocar con cariño la saga de Majin Boo lo deja a uno en el lugar de un perejil, por no decir de un pelotudo que se niega a crecer.
Son Goku es un estudiante secundario que, gracias a sus superpoderes, lidera el equipo de béisbol de su preparatoria y atrae la atención de todas las chicas (en especial de Peggy, que sólo piensa en ir con él al baile de graduación). Pero sus ojos están puestos en Chi Chi, una oriental que dista mucho de la clase de bagayos que podemos encontrar en el chino de acá a la vuelta. Tanto ansía Goku arrimarle el paquete a la chinita, que una noche, en vez de quedarse en casa para ser agasajado por su abuelo Son Gohan, decide ir a probar suerte con la Yoko Ono a una fiesta que promete terminar en descontrol. Pésima decisión: no sólo la asiática se rehúsa a entregar, sino que, además, mientras Goku está lejos de casa, Piccolo le boletea el abuelo. Ahora sólo quiere conseguir las siete bolas del dragón para invocar a Shenlong y dominar el mundo. Porque es tan malo que, a su lado, Bin Laden sería el teletubby rojo
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Por supuesto (suponemos), la película termina con una pelea grupal contra Piccolo, donde el último que queda en pie es Son Goku. Entre rayos y frases altisonantes, Goku resulta vencedor, se produce una explosión y Piccolo desaparece clamándole piedad a Shenlong. Al día siguiente, el sol vuelve a brillar y nuestro héroe vuelve a sus preocupaciones habituales. Goku asiste al baile de graduación acompañado por Chi Chi, y Peggy se conforma con el pecho frío de Yamcha. Un chiste de trazo grueso a cargo del Maestro Roshi parece darle a la película un cierre a pura carcajada, pero, afuera, una lluvia de porongas extraterrestres presagia un futuro de desgracias.
A pesar de lo expuesto, no dudamos que Dragonball Evolution encontrará su público entre aquellos nerds que, en un acto de total masoquismo, se obliguen a verla "porque es Dragon Ball", y también entre aquellos treceañeros que, a falta de un plan mejor, acapararán las salas con sus comentarios idiotas y su hedor a pubertad. Es de esperar que esta cinta ayude a una revalorización de aquella magistral película china sobre Dragon Ball que las tardes de domingo en I-Sat ayudaron a convertir en un clásico de culto, a pesar del desprecio de la crítica elitista. Que así sea.
Dijo la crítica:
"Fallida relectura del famoso animé".
(Clarín)
"No podemos calificarla, porque no es cine".
(El Amante)
"Pero a los más chiquitos les va a gustar".
(Catalina D., que "le gusta de todo")
















