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En cierta medida, es comprensible que alguien se alegre por el nacimiento de su hijo. El tiempo que pasa desde su concepción hasta su alumbramiento (evento que será descripto como "un milagro" a pesar de que sea la forma más común por la que nacen los bebés desde hace millones de años) consta de nueve meses en los que su progenitor ocupará la casi totalidad de su tiempo en vaguedades como buscar nombres y sus significados (aunque termine por elegir apelativos horrendos como Kevin o Tiago), comprarle el conjuntito de Boca o hablarle a través de la piel materna a la manera de quien se comunica con un familiar preso detrás de un vidrio ("ya te vamo' a sacar de acá, bancame unos meses"). Durante ese período, el futuro padre se vuelve un ser pleno de amor y ternura, que llora ante cualquier película vespertina de fin de semana y aventura alocados pronósticos sobre la futura profesión de la criatura (si patea el vientre, "va a ser jugador de fulbo"; si no hace nada, será empleado público o soñador en lo de Tinelli).
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Por empezar, es necesario rebatir definitivamente la creencia popular de que el alumbramiento es un suceso conmovedor. Contrariamente a lo que se pueda pensar, cuando una criatura es expulsada al mundo no suena un temita sensiblero de Vicentico mientras el padre cae desmayado de la emoción (produciendo un gag hilarante) y la partera le dice "felicidades, es un varón" a la reciente madre, en cuyo rostro límpido no se advierten las consecuencias de haberse sacado un ser humano de adentro. Créase o no, el parto se asemeja en gran medida a la salida de un alien del cuerpo de Sigourney Weaver. Se trata de un proceso casi tan tortuoso como sacar el DNI, en el que la parturienta emplea fuerzas sobrehumanas para expulsar todo lo que tenga en su interior, llegando en ocasiones a procesar el guiso de mondongo del mediodía. Como culminación de este proceso, sale al mundo una bolsa de líquidos viscosos llamada bebé.
Y es aquí donde surge el mayor problema, al menos, para el círculo íntimo de la familia: el compromiso de decir que el recién nacido "es hermoso", "tiene la nariz de la madre" o "respira". Porque, aunque cueste aceptarlo, todo bebé, al nacer, es abominable.
Tengamos en cuenta que el parto es, como ya se dijo anteriormente, un proceso aún más antihigiénico que sacar el vello púbico del jabón. La criatura nace bañada en una capa de fluidos nauseabundos que harían quedar al Riachuelo como una fuente de agua Evian. Tiende a creerse que el niño empieza a parecerse a una persona cuando es despojado de tanta inmundicia, pero no: el lavado del infante sólo deja al descubierto su monstruosidad. Veamos:
- Presenta un espeluznante apéndice tubular a la altura del ombligo, que algunos llaman "cordón umbilical" (y que, en partos especialmente jocosos, da lugar a chistes de doble sentido sobre el tamaño de la pija).
- Tiene los ojos hinchados, lo cual le imposibilita (para su suerte) reconocer a los familiares que se le acercan para hablarle como infradotados.
- Es calvo y de huesos blandengues, no retiene esfínteres y se babea; en otras palabras, nace siendo jubilado.
- Su sexo resulta imposible de determinar hasta que sus padres deciden ponerle aritos.
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Así, incluso antes de saber hablar o regular esfínteres, el crío es víctima de la más inmunda cursilería a manos de tías, abuelas e incluso padres, que, mediante las más variopintas torturas, irán moldeando su carácter hasta convertirlo en un ser medio maricón y con un pésimo gusto. A continuación, algunas de las prácticas más frecuentes:
- Ponerle el conjuntito de Boca (esto ya se dijo, pero es bueno recalcarlo)
- Ponerle una pelota enfrente esperando que demuestre alguna habilidad extraordinaria para jugar al fútbol.
- Disfrazarlo de maneras ridículas.
- Tratar de que diga "mamá" o "papá", creyendo que por alguna ley ésa deba ser la primera palabra de un ser humano.
- Hablarle como a un débil mental lobotomizado ("a vé la caca, a vé la pinchila")
- Creer que cualquier mínima acción que realice es signo de inteligencia (por ejemplo, escribir "asdasdas" o jugar con su propio excremento).
- Si es nena, hacerle imitar a algún yiro televisivo en poses sugestivas, para después sacarle una foto y comentar alegremente "ay, ¿viste?, es re pizpireta".
- Si es nena, aprovechar el escaso cabello con el que nació para hacerle una minúscula y antiestética trencita.
- Si nacen de a dos (es decir, si son mellizos), vestirlos igual, ignorando que la idea dejó de ser graciosa hace décadas.
- Comentar sus asuntos en público y a los gritos, para que todo el mundo se entere de lo milagroso que es haber tenido un hijo.
A esas imperdonables tonteras se le suman otras, como decir "no hay nada más erótico que una mujer embarazada" o filmar el parto en plano detalle (siempre a partir de la idea que establece que el parto es un evento natural extraordinario, como la caída de la piedra movediza de Tandil).
Desde este humilde espacio, sugerimos abandonar tanta sensiblería mariconoide y hablar con sinceridad cuando una madre nos pregunta si su bebé es hermoso; responderle, de una vez por todas y con la frente en alto: "Es una cagada".


















6 comentarios:
es muy genial lo que escribís, lo mejor : son las comparaciones... como diría alguien que escribe detrás de las cajitas de DVD :
hilarante !
besos.
Señor, me hizo usted reir.
Captain, tenía abandonado su blog de culto (jeje...).
Alguien tenía que decir esas verdades, mi viejo.
¿Ya le hicieron dunga dunga en Somalia?
Roedor, digamos que el viaje a Somalia fue una buena oportunidad para poner a prueba mi masculinidad. Definitivamente no es el paraíso de fantasía que pintan los medios nacionales.
Una pena.
Exceleeeente jaja
JAJAJAAJAJA
No me pude reir tanto, tanto.
GENIO, esa es la palabra que te describe.
segui asi.
Besotee
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