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A esta altura de la soireé, es palmario que Argentina se encamina de manera inexorable a su ruina moral. No versaremos aquí sobre la profusión de ojetes y argollas en los medios masivos de comunicación. Tampoco nos rasgaremos las vestiduras ante la pasmosa incidencia de retraso mental entre los legisladores porteños. Lo que acelera la extinción total del ser humano, pero del argentino en particular, es el creciente apego al caretaje.
La mentira y la omisión, en dosis moderadas, pueden ser necesarias para facilitar nuestro desenvolvimiento productivo y pacífico en la sociedad. Pero para un careta, la mentira es un estilo de vida, ya que la impostura corroe la esencia misma de su yo social. El careta horada esa débil barrera que separa la mentira piadosa de la hijaputez: si ve una foto de una pareja de incogibles en Facebook, comenta "ay, son tan lindos!!! ♥♥♥" en lugar de, simplemente, poner "Me gusta".
Hoy, la situación es más preocupante que nunca. Los caretas han desarrollado poderosas habilidades sociales que les permiten disfrazar una batería expresiva de carácter falsario en la forma de postura ideológica. El gen careta se fortaleció, se asentó fácilmente en ecosistemas urbanos y, finalmente, se diversificó en las tribus que conoceremos en este post.
El anarcociclista
Con el boom de la vida sana y la proliferación de ciclovías, Buenos Aires se llenó de locos lindos que no hesitan en llegar al trabajo bañados en sudor y con grasa de cadena en las manos. Como parte de esa variopinta ralea, me creo en condiciones de señalar a quien considero su más infausto exponente: el anarcociclista. Torso desnudo, morral al hombro, barba crecida, lleva en su bicicleta inscripciones como "un auto menos", que presumen una supuesta militancia ecologista. Habitué de la Masa Crítica, expone un estilo de conducción entre temerario e imbécil: usa auriculares al mango y anteojos de sol, pedalea sin manos, lleva un perro atado al manubrio y transporta un bebé no deseado en el portaequipaje. Le encanta pasar semáforos en rojo sólo para recibir insultos de automovilistas y vomitarles una breve perorata new age como respuesta. Odiado incluso por otros ciclistas (a quienes gusta de adelantar en las ciclovías), este activista de la buena onda encuentra en el desprecio ajeno un motivo más para sentirse un genio incomprendido.El Anonymous inofensivo
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¿Qué hacés si un día pasás por Plaza de Mayo y te encontrás a 20 gordas disfrazadas de Sailor Moon denunciando la matanza de tapires en Malasia? Anonymous es un movimiento social internacional sin jerarquía ni ideología definidas, pero cuyos miembros coinciden en caracterizarse como el protagonista de V de Vendetta, que usa una máscara re copada. Anonymous es responsable de verdaderos golpes maestros a la seguridad de importantes corporaciones o entes gubernamentales en todo el mundo. El problema es su membresía irrestricta, que permite a ciertos zánganos sentirse coautores de tales hazañas. Así, es tan Anonymous el hacker más buscado por Interpol como un chabón que le cambió la contraseña de Facebook a la exnovia. Si la idea es encontrar un nuevo grupo social y de paso dominar el mundo, la masonería es mejor opción, aunque no hay minas.
El falso mochilero
Constituirse en un hombre de mundo es muy fácil desde que podemos recorrer el globo a pura Wikipedia y programas de Anthony Bourdain. Pero como algunas experiencias "hay que vivirlas", ahí se embarca el falso mochilero en la aventura de pasar dos semanas en las quebradas del norte argentino. Claro que el trayecto no será a dedo, ni en moto, ni a elefante, sino en un Flechabus con aire acondicionado donde pasan alguna película con Adam Sandler y sirven alfajor. Igualmente, el peregrino volverá latinoamericanizado, de riguroso gorrito colla y fascinado por la existencia de una forma de vida sin WiFi. Eso sí: el próximo año, de Brasil para arriba.El hippie urbano
Esta clase de careta ofrece un interesante desafío taxonómico. El hippie urbano es difícil de reconocer porque se camufla hábilmente en el disfraz de un oficinista o un estudiante. Sin embargo, con sutil parsimonia agrega a ese atuendo civil accesorios típicos de un artesano mugriento. Empieza cambiando la mochila o el maletín por el morral de lana. Continúa transportando un equipo de mate a cualquier lugar, y hasta ensaya la oriental proeza de cebar en el colectivo. Luego cambia las zapatillas por las ojotas y abraza esa música optimista con guitarrita que se hace ahora. Como la rana en la olla que no advierte que la están hirviendo, hemos presenciado sin darnos cuenta el nacimiento de un hippie urbano. Un ser de vocación bohemia que no resigna, empero, los beneficios de dejarse culear por el sistema.El travesti cultural
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Ahora, que la adolescencia se extiende hasta los 45 años, es normal que individuos de 25 tengan problemas para construir su identidad cultural. Este conflicto interno hace que mucha gente que se jacta de gustar de las más elevadas expresiones artísticas decida, ocasionalmente, consumir productos musicales o televisivos de baja hechura. Un hipster dirá que mira a Polino pero desde una perspectiva irónica y reflexiva, aunque en el fondo lo disfrute como cualquier ama de casa. En el otro extremo, un universitario culposo asistirá a un corso y volverá extasiado por la "fiesta popular", aunque la experiencia le haya parecido insoportable. La confusión es tan generalizada, que dentro de poco habrá quien se deje culear por un albañil para mimetizarse con las clases bajas.



























